Escuchaba hace unos días una reflexión de Mario Alonso Puig que me invitó a la introspección. Hablaba sobre la importancia de soltar, de permitirnos la relajación porque, al final, las cosas llegan.
Reflexionaba sobre la enorme dificultad que tenemos para lograrlo en una era que idolatra el sobreesfuerzo. Y ahí, en esa palabra —soltar—, pensé inmediatamente en el sector inmobiliario y la construcción: esa maquinaria imparable que (sin ánimos de generalizar) en ocasiones impone a su gente una cultura de «dejarse la piel» como si fuera la única credencial válida de profesionalismo.
Se vende el esfuerzo extenuante, la disponibilidad 24/7 y la capacidad de resistir hasta el límite. Se habla de ventas agresivas, de persuasión incisiva y de profundizar en el cliente hasta el agotamiento; se instruye en el manejo de objeciones como si cada negociación fuese un combate cuerpo a cuerpo en el que solo uno puede quedar en pie. Pero casi nunca se habla de equilibrio. Casi nunca se dice que, tras haber cumplido con la labor que corresponde, está bien soltar y confiar en que el resultado natural se manifestará.
Quizás suena romántico o incluso poco pragmático en un mundo de métricas y comisiones. Sin embargo, desde mi mirada, existe una realidad que pocas veces se aborda: la certeza de que cada persona destinada a invertir en un inmueble, lo hará. No por azar, ni por el peso de la presión, sino porque opera una dinámica que va más allá de las simples estrategias de cierre.
Esto no significa caer en la pasividad. Significa ejecutar una presentación impecable, resolver dudas con maestría y adelantarse a las necesidades del cliente. Pero hacerlo desde otro lugar: desde la lucidez de entender cuándo una propiedad no encaja con la vida de alguien y tener la elegancia de aceptarlo. Es actuar desde el compromiso ético, no desde el miedo a la pérdida.
En el desarrollo inmobiliario el fenómeno es idéntico. Se fuerza la adquisición de un terreno ignorando las señales de un mercado que pide prudencia. Se intenta materializar un proyecto sin tener las piezas alineadas porque la ansiedad dicta el ritmo por encima de la estrategia.
Es como la masa de un pan artesano que requiere su tiempo de reposo para cobrar vida: si la ansiedad nos lleva a manipularla en exceso, bloqueamos su crecimiento. O como una planta a la que se riega con demasiada agua bajo la urgencia de verla florecer; el resultado no es una maduración acelerada, sino unas raíces asfixiadas. Es, en definitiva, destrucción disfrazada de productividad.
El exceso de sobreesfuerzo cobra facturas inevitables: burnout, fatiga crónica, relaciones fracturadas y una salud comprometida. ¿Qué sentido tiene este desgaste cuando se puede, desde la serenidad, hacer lo que toca y permitir que cada pieza encuentre su lugar?
Mario Alonso Puig lo define con nitidez: existe una diferencia abismal entre actuar desde el compromiso y actuar desde el miedo.
El compromiso busca la excelencia; el miedo solo busca la urgencia. Y la urgencia, aunque genera un movimiento frenético, rara vez produce resultados sostenibles.
Cuando alguien se relaja, no se vuelve indolente; se vuelve más preciso. Su energía deja de dispersarse en la anticipación de desastres y se enfoca en la tarea presente desde la templanza. Desde ahí, la presencia es más rotunda, las decisiones más agudas y los resultados llegan con una fricción mucho menor.
El verdadero desafío —cita Puig— no radica en trabajar con más dureza, sino en aprender a soltar sin abandonar el propósito.
Y yo añadiría: el arte reside en reconocer el momento en que la labor propia ha terminado y toca confiar en el proceso. No por magia, sino porque tras sembrar con excelencia, lo más profesional que se puede hacer es permitir que la cosecha madure a su propio tiempo.


