En este negocio de la construcción, el tiempo cuesta. Cada semana de atraso, cada entrega inconclusa, cada decisión que se toma dos días tarde —cuesta. Pero seguimos actuando como si la culpa siempre fuera de otro. Del clima. Del suplidor. Del cliente. Del render. Del electricista.
La verdad incómoda es que muchas veces el problema está en el sistema, no en la gente.
Nos llenamos la boca hablando de eficiencia, pero los planos no están coordinados, los cronogramas no se revisan con quienes realmente ejecutan, y nadie se atreve a preguntar si lo que estamos haciendo… tiene sentido.
¿Quieres hablar de Lean? Perfecto. Pero no vengas con papelitos de colores si no estás dispuesto a cambiar la forma en que operas. Lean no es una moda ni un término bonito para licitaciones. Es una forma brutalmente honesta de trabajar: cortar el ruido, mirar los números reales y eliminar todo lo que no suma.
¿Y sabes qué no suma?
– Aprobar en oficina lo que no funciona en obra.
– Mandar gente a trabajar sin materiales listos.
– Corregir en campo lo que nadie cuestionó en diseño.
– Hacer reuniones sin datos, sin decisiones y sin responsables claros.
¿Te suena familiar? A mí también. Y no una vez. Muchas.
Lo que más ahorra en un proyecto no es comprar más barato.
Es dejar de perder por lo mismo cada vez.
¿Una herramienta útil? Tablero de confiabilidad semanal. Nada técnico: fecha prometida vs. fecha real. Y al lado, por qué no se cumplió. Cuando el equipo empieza a ver patrones, cambian cosas. No por presión, sino por claridad. Porque nadie quiere repetir errores… pero alguien tiene que encender la luz.
No se trata de que todo salga perfecto. Se trata de que cada semana mejore. Y eso, cuando se hace bien, se nota: en la moral del equipo, en el ritmo de la obra, en el margen del proyecto.
Hay demasiadas obras bien diseñadas y mal ejecutadas.
Ya es hora de hacer las dos cosas bien.


