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Memoria de las navidades Duarte abajo

El olor a tela nueva se mezclaba con el de los frikitakis, el maní tostado y el sudor del gentío.

SANTO DOMINGO. – En aquellos diciembre que parecían más largos y luminosos, la avenida Duarte se convertía en un río humano. Desde la París hasta la Mella, caminarla era entrar en un universo donde cada paso traía un olor distinto, un pregón nuevo y un destello de luces.

Antes de que la ciudad soñara con plazas comerciales, la Duarte fue el corazón del comercio capitalino, con tiendas como La Paloma, La Gran Vía y Los Muchachos, que junto a pequeños negocios familiares sobrevivían entre el bullicio.

“¡Velas romanas, velas romanas, baratas y no explotan!”

Con el tiempo llegaron los vendedores ambulantes y se instalaron los tarantines, improvisados y persistentes, que terminaron por imponerse sobre las grandes marcas con todo y sus carteles de neón.

Entre ambos mundos, el formal y el informal, la avenida se convirtió en el verdadero centro comercial de la ciudad.

En diciembre, la Duarte brillaba con frutas importadas que anunciaban prosperidad: manzanas rojas colgando, racimos de uvas y peras que se ofrecían como lujo de temporada. Comprar, aunque fuera una, era un gesto simbólico, un pequeño triunfo familiar en vísperas de Nochebuena.

Y había que esperar un año completo para volver a ver o saborear esas frutas, que eran sinónimo de que llegó Navidad.

Los juguetes eran otro espectáculo: muñecas de pelo largo, carritos metálicos que resonaban al chocar, trompos de colores chillones y robots a pilas que encendían luces galácticas. Los vendedores los mostraban con destreza, como magos que encendían botones y hacían bailar muñecos para convencer a los padres. Los niños, con ojos brillantes, se quedaban hipnotizados aunque no pudieran llevarlos a casa.

La ropa completaba el ritual. Camisas de cuadros, pantalones de corduroy, vestiditos con brillos, lazos y volantes se colgaban en pechas o se apilaban en mesas. El olor a tela nueva se mezclaba con el de los frikitakis, el maní tostado y el sudor del gentío.

Las madres repasaban telas y costuras como si buscaran adivinar el año que venía. Estrenar el 24, el 25 y el primero de enero no era lujo: era tradición y augurio de buenos tiempos.

El tránsito era parte inseparable del paisaje: carros y guaguas repletas avanzaban a un ritmo que solo la Duarte comprendía, entonces de dos vías. Al caer la noche, las luces navideñas colgadas sin orden convertían la avenida en una feria continua, donde el caos era celebración.

Y en víspera de Reyes, había familias que amanecían allí para esperar los remates de precios en la madrugada y así llevar juguetes a sus pequeños. Los adolescentes acompañaban con la ilusión de estar fuera de la casa a altas horas sin que fuera un pecado y de que cuando picara el hambre les cayera un frikitaki.

Para algunos, la compra en la Duarte era agotadora; para otros, una tradición irrenunciable. Pero para todos representaba un momento único del año: un lugar donde la Navidad se palpaba, se escuchaba, se olía y se veía reflejada en la mirada brillante y anhelante de los niños.

Hoy, quienes vivieron ese bullicio lo recuerdan con nostalgia y cariño. La Duarte no fue solo una avenida: fue un paisaje emocional, un ritual compartido que convirtió la Navidad en experiencia urbana, cultura viva.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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