HIGÜEY, PROVINCIA LA ALTAGRACIA.– Cada 21 de enero, Higüey se convierte en el principal punto de encuentro de la fe dominicana. Miles de personas llegan desde distintos puntos del país y del extranjero en peregrinación hacia la Basílica Catedral Nuestra Señora de la Altagracia. Algunos cumplen promesas, otros elevan peticiones, muchos buscan una bendición, y otros simplemente se acercan movidos por la tradición y el respeto a uno de los símbolos religiosos más importantes de la nación.
Desde días antes de la festividad, los alrededores de la Basílica comienzan a llenarse de feligreses que acampan, oran y esperan el momento central de la celebración. Higüey se transforma entonces en un espacio de recogimiento, encuentro y devoción colectiva, donde la espiritualidad marca el ritmo de la ciudad.
A propósito del Día de la Virgen de la Altagracia, resulta oportuno repasar la historia y el significado de este monumento religioso que, además de ser uno de los más visitados del Caribe, representa una síntesis entre fe, identidad nacional y arquitectura monumental.
Un culto que nace con la historia del país
La devoción a la Virgen de la Altagracia se remonta a los primeros años de la colonización. La imagen que hoy se venera en Higüey fue traída a la isla por los hidalgos Alonso y Antonio de Trejo, provenientes de Placencia, en Extremadura, quienes la colocaron en la iglesia parroquial tras atribuirle favores y milagros. Desde entonces, la Virgen comenzó a ocupar un lugar central en la espiritualidad de la región.
Mucho antes de 1540, el culto altagraciano ya era una práctica viva entre los habitantes de Higüey. En sus inicios, los peregrinos acudían a un humilde santuario de cana, hasta que en 1569 se inició la construcción de una iglesia de piedra que resistió el paso del tiempo. En 1572 se consolidó ese primer templo formal, considerado el antecedente directo del actual santuario.
La imagen de Nuestra Señora de la Altagracia, que data del siglo XVI, es reconocida como la primera evangelizadora del Nuevo Mundo y constituye una de las piezas religiosas más valiosas del patrimonio espiritual dominicano.

El proyecto de una basílica para el siglo XX
El templo actual surge de un concurso internacional de arquitectura convocado en 1947, al que se presentaron 40 proyectos de 12 países. El diseño seleccionado fue el de los arquitectos franceses André-Jacques Dunoyer de Segonzac y Pierre Dupré, una propuesta de fuerte carácter simbólico y líneas modernas.
Tras varias visitas al país y ajustes al proyecto para adaptarlo al entorno, el 21 de enero de 1952 se colocó solemnemente la primera piedra por iniciativa de Monseñor Juan Félix Pepén, primer obispo de Higüey. La construcción comenzó formalmente en 1954 y se extendió durante 17 años.
La basílica fue inaugurada el 21 de enero de 1971 por el entonces presidente Joaquín Balaguer. Ese mismo año fue declarada monumento nacional y el papa Pablo VI le otorgó el título de basílica menor. En 1973 pasó a ser la sede de la diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia.
En 1992, durante su visita al país, el papa Juan Pablo II bendijo el templo y coronó la imagen de la Virgen con una corona de plata dorada, reafirmando su importancia espiritual a nivel internacional.
Arquitectura monumental y símbolos de fe
Construida principalmente en hormigón, la Basílica de Higüey presenta una planta de cruz latina y ocupa una superficie aproximada de 4,680 metros cuadrados. Su arco principal alcanza los 80 metros de altura, convirtiéndola en una de las estructuras religiosas más imponentes del Caribe.
El interior tiene capacidad para entre 3,000 y 3,500 personas, cifra que cada 21 de enero resulta insuficiente ante la masiva asistencia de peregrinos. Uno de los elementos más distintivos de su diseño son los arcos alargados, que simbolizan la silueta de la Virgen con las manos cruzadas en actitud de oración, haciendo que la propia estructura del templo sea una representación arquitectónica de la fe mariana.
La basílica cuenta con 45 campanas de bronce, donadas por Joaquín Alfáu en 1864. Sus puertas principales son de bronce recubierto con oro de 24 quilates, mientras que su fachada monumental se complementa con vitrales de tonos azules y una entrada marcada por el color rojo.
En el interior se encuentra el gran cuadro de la Virgen de la Altagracia, con un marco de oro y piedras preciosas, considerado de valor incalculable por su calidad artística y su significado religioso. Vitrales y murales completan el conjunto, proyectando una atmósfera de luz y solemnidad que refuerza el carácter espiritual del espacio.
Higüey, ciudad de fe y hospitalidad
La Basílica está ubicada en Salvaleón de Higüey, capital de la provincia La Altagracia, creada en 1961. Según el censo de 2010, la provincia cuenta con 273,210 habitantes, con una mayoría de población urbana y una densidad de 90.9 habitantes por kilómetro cuadrado.
Higüey se distingue por la calidez de su gente, el apego a las tradiciones y el trato respetuoso hacia los visitantes. Más allá de la Basílica, la zona ofrece un entorno natural marcado por ruinas centenarias, montes y áreas de vegetación virgen, con una notable riqueza de flora y fauna.
Cada 21 de enero, la ciudad no solo se convierte en epicentro de la devoción nacional, sino en un punto donde convergen historia, arquitectura, espiritualidad y cultura. La Basílica de Higüey, más que un templo, es un símbolo vivo de la identidad dominicana y de la profunda relación del país con su fe mariana.


