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Las ruinas del azúcar: memorias de los ingenios Boca de Nigua y Ozama

En las lomas bajas de San Cristóbal, ocultas entre cañaverales y piedras cubiertas de musgo, resisten las ruinas del Ingenio de Boca de Nigua.  Más al este, cerca del río, entre el polvo de la expansión urbana, sobrevive el esqueleto del Ingenio Ozama.

SANTO DOMINGO. – La industria azucarera en la República Dominicana no solo fue columna vertebral de la economía, sino que está poblada de historias, desde sus días de mayor bonanza, cuando era la tacita de oro, hasta la decadencia postrera que la ha relegado a anécdota o tema para tesis y seminarios de economía o antropología.

En las lomas bajas de San Cristóbal, ocultas entre cañaverales y piedras cubiertas de musgo, resisten las ruinas del Ingenio de Boca de Nigua, uno de los espacios más antiguos de la industria azucarera en el Caribe y, hacia donde nace el sol, cerca del río Ozama, entre el polvo de la expansión urbana, sobreviven los restos del Ingenio Ozama, cuya operación fue símbolo de poder y modernidad en su tiempo.

Ambos lugares fueron, en siglos distintos, el corazón palpitante de una economía basada en la esclavitud y la caña, y hoy son las ruinas silenciosas de un país que se levantó entre látigos y azúcar.

Los muros aún cuentan

Caminar en el sitio de Boca de Nigua es como atravesar un eco. Las paredes, construidas con piedra coralina y ladrillo, conservan humedad y calor suficiente como para atraer la pátina del tiempo. Los arcos rotos, las hornillas cubiertas de hierba y la chimenea que aún se yergue contra el cielo, guardan historias de trabajo y resistencia.

Fue en ese lugar donde, en 1796, los esclavos se sublevaron contra sus amos en una de las primeras revueltas antiesclavistas del continente, inspirados por los vientos revolucionarios que venían de Haití.

Según el historiador Carlos Esteban Deive, la insurrección de Nigua fue “una chispa de libertad en el corazón del sistema esclavista español”.

Aunque sofocada con violencia, dejó sembrada una semilla de dignidad que anticipó los procesos independentistas del siglo XIX.

Los trapiches de Boca de Nigua dejaron de sacar alma a la caña hacia mediados del siglo XIX, después de décadas marcadas por las revueltas, el abandono y la crisis económica. Tras la insurrección de 1796 y los cambios políticos que trajo la ocupación haitiana, la maquinaria comenzó a detenerse poco a poco, hasta quedar definitivamente inactiva entre 1840 y 1860.

Para finales del siglo XIX ya era un ingenio muerto, devorado por la maleza y reducido a muros silenciosos. Sus hornillas frías y sus arcos rotos recuerdan hoy el fin de un sistema que se agotó con la abolición y con el desplazamiento del azúcar hacia otras regiones del país.

Ozama cambió todo

Durante los siglos XVII y XVIII, los ingenios dominicanos fueron el eje de la economía colonial. El de Boca de Nigua perteneció a la poderosa familia Caro y Montoro, y contaba con trapiches movidos por agua, casa de molienda, purga y vivienda del mayordomo.

El Ingenio Ozama, en cambio, marcó el tránsito hacia la industrialización moderna. Fundado en el siglo XIX, se benefició del auge del polvo dulce durante la intervención norteamericana y los gobiernos de Trujillo. Sus enormes calderas, su chimenea de ladrillo rojo y sus galpones de hierro fueron orgullo de la zona oriental.

El Ingenio Ozama marcó el tránsito hacia la industrialización moderna. (Fuente externa).

El río Ozama era entonces arteria y espejo: por él viajaban las zafras, los barcos cargados de melaza, y también en el se reflejaban los sueños de progreso de un país agrícola.

El trapiche del Ozama sobrevivió más tiempo: siguió girando hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando la modernidad industrial llegó al Este, y esta vez lo dejó atrás a él. Hoy solo queda la estoica chimenea, desafiando al tiempo y al olvido.

Entre 1910 y 1920 sus operaciones se fueron apagando, desplazadas por los grandes centrales azucareros de La Romana, San Pedro y Consuelo que trajeron la competencia industrial y el cambio de propietarios sellando su destino.

El antiguo gigante del río Ozama quedó entonces como un esqueleto de ladrillo y hierro, con sus galpones vacíos y su chimenea mirando hacia una ciudad que comenzaba a expandirse sin contar con él. El que un día fue símbolo de progreso industrial terminó convertido en memoria, con solo su chimenea, cual obelisco solitario, testigo mudo de una época donde el azúcar definía la vida económica del país.

La vida en el ingenio

La jornada de los esclavos comenzaba antes del alba. Hombres, mujeres y niños cortaban caña bajo el sol, acompañados por el sonido metálico de los machetes y el olor empalagoso del guarapo.

Dormían en bohíos de paja, recibían raciones de harina y tasajo, y eran castigados con látigos o cepos si se atrevían a descansar. Las mujeres, además del trabajo en el campo, cocinaban, criaban y curaban.

Entre ellos nacieron cantos, rezos y pequeñas rebeliones silenciosas. Las noches eran breves, pero llenas de esperanza. Como escribió el poeta Tomás Hernández Franco, “el negro fue semilla y sangre del azúcar”.

Con la abolición de la esclavitud en el siglo XIX y el desplazamiento del azúcar hacia otras regiones, los ingenios de la zona sur entraron en decadencia.

Ambos sitios son Patrimonio Cultural de la Nación, protegidos por la Ley 318-98 de Cultura, pero su conservación es mínima. El viento pasa entre los arcos rotos y las torres oxidadas, como si soplara la respiración de quienes allí dejaron su vida.

El alma de la piedra

El visitante que llega a Boca de Nigua siente una paz antigua. Las sombras caen sobre los arcos coloniales, el canto de los pájaros sustituye el grito del capataz. El aire huele a tierra húmeda y caña seca.

El tiempo ha convertido el ingenio en un templo de silencio: cada ladrillo parece rezar por los que no tuvieron tumba.

En el Ozama, en cambio, la modernidad avanza sin pausa. A pocos metros ya no hay bateyes ni galpones, abundan los edificios de apartamentos y talleres mecánicos y la chimenea parece mirar con asombro el paso de los camiones.

En ambos lugares hay una misma lección: la historia puede olvidarse, pero no desaparecer. Bajo la hierba, bajo el cemento, late aún la memoria del azúcar y la resistencia.

Visitar Boca de Nigua

La arquitectura del Ingenio Boca de Nigua no fue creada solo para producir azúcar, sino para imponer orden. (Foto/Ayuntamiento).

El sitio del Ingenio Boca de Nigua es uno de los espacios coloniales más poderosos y cargados de historia de la República Dominicana. Hoy en día, sus ruinas se visitan a través de recorridos guiados autorizados, lo que ayuda a proteger su memoria y su estructura: el acceso no es libre sino regulado, para garantizar la conservación del patrimonio.

En los últimos años se ha avanzado: se está usando tecnología de escaneo 3D para documentar los muros y las calderas antiguas, y el Ministerio de Cultura, junto con autoridades locales, proyectan reconstruir su techado para evitar daños mayores.

La caminata entre los restos coloniales no solo es un viaje al pasado del azúcar, sino que también ofrece un encuentro íntimo con la naturaleza: la vegetación, los arroyos y los humedales cercanos hacen que el lugar sea ideal para reflexionar y reconectar con la memoria.

Si estás interesado: consulta con el Ayuntamiento Municipal de San Cristóbal o Patrimonio Monumental para coordinar una visita guiada. Es una experiencia imprescindible para cualquiera que quiera comprender nuestra historia esclava y azucarera, con respeto y profundidad.

Un diseño para controlar

La arquitectura del Ingenio Boca de Nigua no fue creada solo para producir azúcar, sino para imponer orden. Sus muros gruesos como murallas, sostenían techos ardientes bajo los que vibraban los trapiches movidos por el agua del río.

Los arcos de ladrillo, hoy rotos, daban paso al trajín de carretas cargadas de caña; las hornillas, ennegrecidas, conservan el eco del fuego que hervía el guarapo noche y día. La gran chimenea, que se alza como un dedo acusador, guiaba el humo de las tachadas y vigilaba al mismo tiempo el llano.

Aún se adivinan los canales del viejo acueducto y las bases donde giraba la rueda hidráulica que alimentaba el ingenio. Cada piedra habla: no solo de técnica y oficio, sino de control, esfuerzo forzado y memoria.

Fuentes consultadas:

-Archivo General de la Nación (AGN). Colección Patrimonial sobre Ingenios Coloniales, 1780–1900.

-Deive, Carlos Esteban. La esclavitud del negro en Santo Domingo. Editora Taller, 1980.

-Comisión Nacional de Patrimonio Monumental. Inventario de Bienes Culturales Inmuebles de la República Dominicana, 2002.

-Hernández Franco, Tomás. Yelidá. Santo Domingo: Editora Cultural, 1942.

-Entrevistas con guías comunitarios de San Gregorio de Nigua (realizadas en 2022 por la Dirección Nacional de Patrimonio).

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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