Regreso al jardín El sendero de coralillos sigue allí, guiando al visitante y por si acaso ellas regresan, encuentren el camino.
SANTO DOMINGO.– La estructura cruje, las paredes susurran y el alma de ese refugio vernáculo late con serenidad intensa. La casa de Conuco respira, sencilla y austera, como si hubiese sabido desde 1954 que no estaba hecha para el lujo, sino para la historia.
Ubicada en la provincia que lleva el nombre de las Hermanas Mirabal, permanece como un árbol de raíz profunda. Hoy, es museo que conserva detalles originales, con la diferencia que ahora cuenta lo que antes era secreto.
Si Patria, Minerva, María Teresa y Dedé Mirabal vieran lo hermoso que Jaime David tiene el jardín, la visitarían de vez en cuando, aunque nunca se sabe. La casa vibra, la memoria trae sus voces, y el eco, los pasos que marcaron el ritmo de sus días.
Si ellas vieran la estampa de seguro se asombran. Patria observaría las matas de granadas y diría: “Todavía dan fruto”. Minerva le respondería sonriente: “Siempre se adelantaban. Nunca esperaron la temporada justa”. María Teresa miraría hacia la terraza: “Aquí nos sentábamos a planear lo imposible.”
La casa, de madera con una base de bloques, fue erigida en un lenguaje rural, funcional e íntimo. Techos bajos, ventilación cruzada: un diseño moldeado por la calidez familiar y las ideas que albergó.
La luz acentúa las curvas del mobiliario y parece que nada ha cambiado, que bastaría abrir una ventana para que asomara Patria y dijera: “El aire todavía huele a nosotras”, frase que Minerva terminaría: “Y a todo lo que construimos aquí”. María Teresa respondería: “Lo que seguimos soñando”.
Todo está ahí, incluso ellas: la energía, el impulso, la convicción de que la integridad bien valía un sacrificio. O tres.

La geografía de esos días: vestidos de celebraciones y despedidas, fotografías que no envejecen, la máquina de escribir donde se forjaron ideas, cartas y decisiones; libros subrayados que formaron pensamiento. Cada cuarto es una escena congelada. Cada rincón tiene una historia. Cada objeto es un capítulo inconcluso.
El jardín, diseñado por Rodolfo Pou, es el corazón de la casa. El panteón donde descansan las tres hermanas y Manolo Tavárez, con esa fuente que cada 25 de noviembre grita más fuerte que cualquier discurso o panfleto: “La vida y la dignidad continúan.”
Es como si la casa escuchara alegre sus risas, sus pasos que no pesan. Sin tragedia, sin pesar, solo permanencia.
Patria, con la serenidad de quien conoció el miedo y aun así eligió la ternura, diría: Aquí rezábamos y soñábamos. Minerva miraría hacia la galería: La libertad siempre empieza en voz baja. Tras esa puerta escondimos muchas cosas y en esa mesa escribí muchas otras.
María Teresa giraría y diría sonriente: y yo escribía en mi diario bajo aquella ventana. Dedé, que no tiene los recuerdos de la época, será siempre la custodia. Ella diría, cerrando los ojos y aspirando el aroma del jardín que con esmero cuida su hijo: mientras esta casa resista, ustedes también.
Esta casa no es museo: es cuerpo, altar donde la memoria germina. Es un faro moral, un lugar vivo donde generaciones enteras aprenden que la justicia, la igualdad y la dignidad siempre se abren paso.
Patria sonreiría feliz y diría: estaremos aquí mientras haya una niña que pregunte.
No es solo memoria. El jardín, la casa y la vida que encarnaron las Hermanas Mirabal permanecen intactos y allí, ellas florecen.
Seguimos vivas, diría Minerva, no como mártires, sino como semillas.


